La plaza llena y el país ausente

La Jabalinada Por Bruno Cortés

Morena celebró dos años del triunfo presidencial con discurso, músculo y contabilidad épica; pero en medio del aplausómetro queda una pregunta mucho más incómoda: ¿qué clase de democracia presume plazas repletas mientras arrastra una cifra de desapariciones que ya rebasa las 128 mil personas y se acerca, en la conversación pública, a las 140 mil?

Ricardo Monreal salió a marcar el tono ceremonial del día: fecha histórica, primera presidenta, mensaje que orienta y define el rumbo del país. Arturo Ávila, por su parte, se encargó del capítulo de la épica numérica: 850 mil personas reunidas entre el Monumento a la Revolución y plazas de 30 estados para respaldar la transformación. En la liturgia del poder mexicano siempre hay dos cosas garantizadas: un templete y una cifra redonda. Y si la cifra suena heroica, mejor.

La escena, desde luego, fue útil para el oficialismo. Sirvió para recordarle a propios y extraños que Morena conserva capacidad de movilización, narrativa centralizada y una maquinaria que todavía sabe llenar plazas, encender consignas y convertir un aniversario electoral en una demostración de fuerza. El poder, cuando se siente observado, suele hacer exactamente eso: subirse a una tarima, verse al espejo y aplaudirse con sonido envolvente.

Pero entre la aritmética de la adhesión y la escenografía del entusiasmo se coló un recordatorio menos cómodo. Kenia López Rabadán dijo algo que, aun viniendo desde la oposición, merece atenderse: México tiene que impedir que el crimen organizado capture boletas, campañas y gobiernos, pero ese combate no puede convertirse en pretexto para excluir adversarios, desgastar candidaturas competitivas o aplicar filtros políticos a contentillo. Traducido al castellano de barrio: no se puede combatir la mugre usando el trapeador como garrote.

Y ahí está una de las trampas favoritas del poder, no solo de este, aunque este también la practica con singular entusiasmo: invocar una amenaza real para justificar controles discrecionales. El crimen organizado existe, infiltra territorios, economías y estructuras políticas. Eso nadie serio lo discute. Lo que sí debe discutirse es quién decide, con qué pruebas y bajo qué reglas, cuándo una sospecha es una advertencia legítima y cuándo es apenas un misil electoral con membrete institucional.

Pero hay una pregunta todavía más brutal, una que no cabe en la porra ni en el boletín triunfalista: ¿cómo presume vitalidad democrática un país que carga con una crisis de desapariciones que ya supera oficialmente las 128 mil personas no localizadas y que en la percepción pública se siente, con razón, más cerca de las 140 mil ausencias? No se trata de una cifra fría. Se trata de un país donde falta demasiada gente. Y donde a muchos les parece normal pasar del mitin al minuto de silencio sin que se les mueva una ceja.

Porque una democracia no se mide solo por cuántos votos deposita la gente, sino también por cuántos ciudadanos regresan a casa. Y ahí México tiene una herida obscena. Hay madres buscando con palas mientras los partidos buscan candidaturas. Hay colectivos peinando cerros mientras los gobiernos peinan discursos. Hay restos sin nombre, expedientes mal armados, errores de registro, carpetas perdidas y una burocracia capaz de convertir la tragedia en trámite. La democracia mexicana, tan amante de las ceremonias, todavía no sabe responder qué clase de república deja que miles desaparezcan y luego les regatee hasta el derecho a ser buscados.

Eso vuelve todavía más incómodo el contraste del domingo: de un lado, la plaza llena; del otro, el país ausente. De un lado, la narrativa del bienestar, la inversión récord, los mejores salarios y la reducción sostenida de la violencia; del otro, las fosas, los servicios forenses rebasados y las familias convertidas en investigadoras, peritas y excavadoras de su propio dolor. En México el poder ya aprendió a convivir con el horror sin despeinarse. Lo administra, lo dosifica, lo declara prioridad y luego le pone un toldo encima para que no arruine la toma aérea.

Nadie dice que la desaparición sea culpa exclusiva de un solo gobierno ni que la podredumbre empezó ayer. Sería intelectualmente flojo y políticamente tramposo. Pero tampoco se vale gobernar como si la popularidad funcionara como amnistía moral. Una plaza llena no borra un país roto. Ochocientas cincuenta mil gargantas, si ese número se confirma algún día fuera del entusiasmo partidista, no sustituyen una sola respuesta para las familias que siguen preguntando dónde están los suyos.

Por eso el verdadero dilema no es si Sheinbaum tiene respaldo, si Monreal se emociona con la fecha o si Ávila logró inflar el dato del día hasta volverlo consigna nacional. El dilema es otro: si la democracia mexicana seguirá conformándose con ganar elecciones mientras pierde ciudadanos. Porque el poder puede llenar el Monumento a la Revolución, pero mientras no pueda llenar el vacío de los desaparecidos, toda celebración tiene algo de fiesta montada en el patio de una casa en duelo.

Una democracia puede sobrevivir a la grilla, al acarreo y hasta al aplausómetro; lo que no debería normalizar jamás es gobernar sobre una nación donde faltan miles y sobran discursos.

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